domingo, 10 de marzo de 2013

Él




Escuchas lo que te dice cuando te lleva al camerino y cierra la puerta, cuando te hace sentar de cara al espejo para que te veas lo guapa que estás esta noche. Y tú, entre que ves fotos de su familia y que no sabes cómo se habrá fijado en una simple extra girl como tú, te miras al espejo y él, que se acaba de lavar ese mostacho de pega, te observa como a una distancia prudencial. Tú eres la estrella en ese momento y no te lo crees. O sí, porque estás en el asiento que ocupa la persona más famosa del mundo. ¿Habías tenido alguna vez de cerca a alguien, en definitiva? Y él te dice y te remata: look so beautiful tonight. Y suena una música de un chisme de ésos que has visto en los escaparates y que tú escuchas pero en la radio de tu habitación, cuando tu compañera de piso no está, porque no quieres que te diga que oyes unas cosas un poco ñoñas. ¿Te creerá cuando le digas dónde has estado, con quién y lo que te ha dicho ese quién?

Te dan ganas de salir corriendo en ese mismo momento para decirle a tu chico que… pero mejor piensas que no, precisamente contarle esto no sería lo más adecuado, y lo único que te ocurre es que realmente te estás creyendo una persona importante. Y le llamas de usted y él se sonríe y esta vez le oyes, es la misma cara, el mismo gesto que hasta ayer sólo veías en el cine de tu barrio. Y él te dice que no le llames así. Y tú no lo sabes, pero te estás sintiendo como una rosa púrpura en el Cairo. Ya sabrán tus nietos de lo que hablo. Y él te dice Smile y tú sonríes. Aquí tendría que ir un fundido en negro porque él te va a hacer la corte, que es la expresión que se usaba en aquellos días para otra cosa. You know. No sabes, porque esas cosas no salen en la prensa, cómo es él. A él le gusta mucho hacer la corte. Y como hay un fundido en negro no vemos nada. No la corte aunque sí el corte. Lo que sí puedo decirte es que esta noche quizá no veas a tu compañera de piso. Ni ésta ni las siguientes. Quizá te hayas convertido pero de verdad en esa star que te ha dicho él. Son cosas que pasan en el mundo, tú no lo sabías, porque tampoco salen en los periódicos, son cosas que tienen que pasar y pasan. Sobre todo si eres la chica del fondo de la escena y quieres convertirte en algo más. Y a él le gusta mucho hacer la corte. Y este mundo es como es y ya lo irás aprendiendo. Y después del fundido en negro pocas personas te van a reconocer. Serás una star que cuando llames por teléfono a su casa, dirás así, ¿está Mister Chaplin? Porque lo cogerá Mrs. Chaplin. Y lo que sigue es la misma historia de siempre. The same old story. De ésas de las que siguen alimentándose las películas.

domingo, 24 de febrero de 2013

Pasar páginas


Diane Keaton tras ganar el Oscar a la mejor actriz por Annie Hall

Que te den el premio de tu vida y que tú lo celebres tocando uno de esos instrumentos, sólo que estás a miles de kilómetros de distancia,puede considerarse como dos cosas: la primera, como una forma de hacerle un feo a quien te reconoce tu mérito; la otra, como la manera de decir que el carpetazo que le has dado al libro que acabas de leer y por el cual te dan el premio de tu vida contiene muchas cosas, entre ellas que te da igual el qué dirán. A mí ese libro me dejó bueno el sabor de boca. Ese libro es historia. Y espero que os guste. Fin. Pero terminas el libro y te han dicho que no sólo el carpetazo, la forma de leerlo ha sido estupenda. Lees mejor que nadie. Y te lo dicen. Y tú sorprendes, desconciertas: te dan el premio de tu vida y tú estás tocando uno de esos instrumentos. Porque lo habitual es que vayas a un sitio, ése que está a tantos miles de kilómetros de distancia, te sientes con otra mucha gente que también ha leído su libro y al final te den el premio de tu vida porque “la forma de pasar página, su separador, cómo ha leído esa página 36 nos ha encantado”. Y entonces a ti eso te importa muy relativamente y sólo piensas en otra persona, porque a esa persona, que te animaba a seguir leyendo de esa manera, también le dirán que no hay otras manos como las suyas entre las dos tapas de su libro. Y entonces te das cuenta de que quizá sea mejor así y que sea ella la que se suba al escenario para que le digan que la forma de pasar las páginas suya, señora Hall, esas manos pasado páginas les ha puesto. Y así ella es la que acapara los ojos de los otros lectores o (algunos sólo eso) pasadores de página, que son además los que consideran que no ha habido nadie como ella para leer dando paso a la página siguiente. Piensas en ello y te sientes satisfecho. Y es que era eso lo que en el fondo perseguías cuando estabas leyendo tu libro. A veces ella era la que te pasaba las páginas una por una.

Pero tú no piensas si la gente se acuerda de ti cuando ella sube al escenario y recoge el mérito y ella te nombra y habla del libro (y de aquella escena mirando libros). Y tú entonces crees por un momento que si ella te nombra de la forma que te nombra, pues piensas “People will say we’re in love” (así reza uno de los más acertados títulos de esas canciones. De aquéllas). Y eso es en definitiva con lo que te quedas mientras cierras los ojos y tocas uno de esos instrumentos (a la misma hora pero a unos cuantos miles de kilómetros de distancia). ¿Es aquel tema que utilizarás cuando te dispongas a leer otro de esos libros, unos cuantos años más tarde? Piensas en ella, en que cuando acabe la actuación sea su voz la que escuches (¿esperabas oírla en el intermedio?) y te diga cosas. Y lo primero que te dice es que todos aquí (a esa distancia de tantos miles de kilómetros) están diciendo que te quiero. Pero eso a ti te importa menos porque ella ES esa noche, allí. Y tú aquí pero no importa. ¿Es bueno el champán?, le dices. Y ella se sonríe y tú le oyes cómo tararea vuestra canción. Colgáis. Tú coges y le limpias la boquilla a uno de esos instrumentos. Ella te ha dicho que esta cosa pesa un huevo.

viernes, 8 de febrero de 2013

War

En ese concierto (Esquire All Stars, 1944) el contrabajista Oscar Pettiford contaba con 21 años. A su lado, Billie.

Querida Ma. Hoy he tocado con Louis Armstrong. Y con Billie Holiday. Y con Benny Goodman. Coleman Hawkins me los ha presentado. Son como nos los imaginábamos en casa. Habremos estado solamente, cuánto, media hora lo más antes de empezar el concierto. Hablando casi todo el rato. Pero te aseguro que ha merecido la pena. Nos han dicho antes de empezar que dijéramos unas palabras sobre la guerra. No te imaginas. Allá por casa no hacemos estas cosas. Yo por lo menos no las he visto. Ni tú ni papá. Bueno, a quien hablaban era a Louis, a Billie, a Benny Goodman. Bonos de guerra se llama. Teníamos que dejar claro que la gente tenía que comprar war bonds (Louis Armstrong ha hecho una broma a propósito: “no Ward Bond, but war bond!”). De hecho, creo que al concierto sólo se entraba si se compraban bonos de guerra. Bueno, el caso es que hemos empezado y sabes qué, ¡yo era el único contrabajista de la noche! ¿Sabes que me han hecho varias propuestas? Ojalá lo hubiera hecho Billie Holiday. Esa mujer tiene algo.

El concierto ha sido fabuloso. No sé cuántas veces habremos puesto esos temas en el gramófono de casa. ¡Estaban todos! Te mando una foto. Sí, esa cara de tonto se te queda cuando te toca al lado de Billie Holiday. Y díselo a papá, es más guapa de lo que parece en las fotografías. ¿Las banderas? Ésas son unas pocas. Todo, y cuando digo todo es todo, todo el auditorio estaba inundado de barras y estrellas. También estaban las de los países aliados. Hasta la china, ma. ¿Sabes?, una de las chicas de guardarropía me ha contado un chiste buenísimo. Hablando un poco de la vida y tal, va y me dice: “¿sabes qué mujer me gustaría ser? La viuda de Hitler”. Todo es muy patriótico, ma. Es distinto de allá en el Sur. Cuando le he dicho a la chica que éramos de Okmulgee y que éramos de la tribu de los Choctaw me ha mirado raro. Coño, no sabía que había hermanos indios. Creo que le he gustado un poco. Dice que algunas noches se va de voluntaria a un sitio que se llama Stage Door Canteen. Es un sitio, me dijo, donde van soldados y marines de permiso a bailar y tomar una copa. For free. El orden a veces varía, ven a las chicas voluntarias y directamente se olvidan de la copa. Ella dice que también van chicos negros. De Oklahoma, dice, y que les llaman así, por el lugar de procedencia. No hay Pauls ni Mikes ni Jonhnys. Sólo Californias y Dakotas. Y lo mejor de todo, te atienden estrellas de Hollywood. O sea, ma, que de buenas a primeras te puede servir una copa nada menos que Katharine Hepburn. ¿Imaginas a papá? Es para pensarse el ir a darse una vuelta por allí; nos han dicho además que suelen invitar a tocar a bandas de jazz. Me he quedado con un “Allí te espero”, me ha guiñado el ojo y me he ido a tocar.

Ma, guarda la foto bien. Pronto iré a veros. no os preocupéis por mí. Os quiere Oscar.

jueves, 24 de enero de 2013

Alice ya no vive aquí


Ilustración de Alicia en el país de las maravillas


Y entonces Alice se dijo “bueno, ya” y se despojó de aquel pelo rubio (que odiaba) y le dijo a Lewis Carroll que se perdiera él por una vez y que le vendiera el espejo a otro cuento. Que le tirara los tejos a la reina de corazones (y el gato apareció y mostró los dientes) y se fue. Y ya. Yo me voy, dijo Alice, a hacer de musa a otra parte. Y qué vas a hacer tú, mi niña, le dijo el gato chesire, y Alice dijo que conocer gente. Gente, recalcó, que ya era hora, y miró por última vez y de aquella manera a Lewis Carroll. Y Alice conoció gente. Lo más, tíos de una noche. De diferentes países, porque a Alice le ponía el trajín de los aeropuertos. Hasta pensó en hablarle a Monique, su perseverante agente francesa, de que para la próxima buscase historias de trenes o algo. Como se dieron el teléfono, alguna vez llamaba al gato y ella le contaba todo. Se caían bien. Y en una de esas ocasiones en que Alice giraba el globo terráqueo y lo detenía al azar con el dedo, le tocó (no se veía bien; el lugar era chiquitito y, esto poca gente lo sabe, Alice necesitaba gafas de cerca) un país del que no había oído hablar en la vida. Así pues, rellenó las maletas con ropa que casaban con aquel clima y se dijo de nuevo adiós.

Llegó, conoció a tíos de una noche hasta que una llamada de Monique le despertó a las tres de la tarde de un lunes. Le había llegado la oferta de un musical. ¿Un musical?, dijo Alice con la voz más carrasposa que se había oído nunca. Sí, para el cine. Pero es más que todo eso, lo mejor es que nos veamos. Así pues, una vez que Monique supo el lugar donde Alice se hospedaba y en cuestión de un avión y un día, las dos se encontraron frente a frente. Se trata de una película animada y musicalizada. Alice recela. El cine… siempre había rechazado todas las ofertas, hasta el punto de que las versiones realizadas con anterioridad no habían contado con su consentimiento y las consideraba apócrifas. Siempre Lewis Carroll de por medio, claro. Pero como esta vez anda escasa de dinero y  lo necesita, se calla, abdica y antes de lo que se imagina se encuentra en un set de rodaje.

Los estudios se llaman Disney y la sorpresa, le dice Monique, es que no tendrá que hacer mucho en esta ocasión. Sólo tendrá que asistir y ya. Hacer acto de presencia. Su papel aquí se limita al de asesora (technical advisory, lo disfraza Monique) y nada tendrá que hacer salvo dar su visto bueno para cuanto le requieran. Si tal o cual cosa le parecen adecuadas para la película. Alice dice que sí y comienza a rodarse lo que aquello sea. Otra de las sorpresas, esta vez más que agradable, ha sido la de encontrarse de nuevo con el gato chesire, el cual con el paso de los años no ha perdido ni un ápice de encanto ni de sonrisa. El resto del elenco le resulta desconocido, aunque le hace gracia ver en esos papeles a gente sin apenas talento. Su talento, por supuesto. Ya no me llamas, le dice el gato, aun con sonrisa, y ella le dice que las cosas no son como eran. Fumo con filtro, le confiesa Alice. Uno de esos días aparece por el set Lewis Carroll. Cuando Alice lo ve le saluda fríamente, descartando toda afectación. Esa misma tarde conoce al judío Sammy Fain, un tipo con camisa y tirantes y autor de la música de la película. Enseguida congenian y lejos de ser un tío de una noche, el judío Sammy Fain, a pesar de ser algo mayor para ella, se convierte en alguien especial. Se ven a menudo y, gracias al judío Sammy Fain, Alice conoce a gente como Cole Porter y Richard Rodgers. Por sobre todas las cosas le insiste a Cole Porter, pero se da cuenta de inmediato de que a Cole Porter no le hace tilín (…). Conoce a Miles Davis, a John Coltrane, a Lester Young. Pregunta quién es ésa. Ésa es Billie Holiday, le dice el judío Sammy Fain. Pero esa noche Billie Holiday está tan solicitada que no le puede hablar. Y se queda con las ganas (y Alice no se cansará de mirarla). Se mueve en el mundillo (es lo más parecido que ha conocido a eso de cambiarle la vida a alguien) hasta que el judío Sammy Fain es requerido para un encargo. Broadway, no sé si has oído hablar de él. Alice se lo apunta pero nuevamente recela del ambiente artístico desconocido o por conocer. Acaban la película y no sabe nada más de nadie relacionado con la adaptación cinematográfica hasta que Monique le avisa del inminente estreno. Tampoco tiene nada que hacer así que se presenta de incógnito la noche de gala vestida de Gucci. Soporta agasajos y alguna que otra mirada de ésas (ya-no-soy-u-na-ni-ña, se dice para si). Se sale a mitad de proyección. Y a partir de ahí se acaba la Alice tal como se había conocido. Nadie va a saber más de ella. Se lleva sus discos de jazz y zas. Desaparece. 

Hasta se cambia de teléfono. Su intención es también cambiarse de nombre, conocer gigolos. Una publicación alemana, con los años, se dedica a rememorar viejas glorias. En el artículo Alice se llama de varias formas, se especula con su ambigüedad sexual y se apuntan posibles paraderos. Alguien la vio, escriben, comprando en un centro comercial. Alice apoya la revista en la espalda de Marcos (mulato caribeño con cara de gato) y dice aquello de que me moriré sin escuchar una sola verdad de mi vida. Piensa que le ha quedado una frase demasiado lapidaria (o lo que es lo mismo, Alice se ha sentido vieja) y le pide a Marcos que le dé otro masaje. Lo siguiente que dicen es que ha sido la inspiración de una canción de un tal Tom Waits (aquí Alice se interesa y no ceja hasta que consigue el número de teléfono del autor).