miércoles, 31 de diciembre de 2014

23: Luise Rainer (II)

Film Heut' kommt's drauf an, de 1933. Ella es Luise Rainer.

Tengo que recurrir al poster de una de sus (pocas) películas para inmortalizar a la recién fallecida Luise Rainer. Porque de ella pondría muchísimas más. Porque me parece de guapa lo que digo más abajo. Y porque ésta es la sección de los 23 que inicié con Ingrid Bergman y sólo he dado con ella en esta foto a esa edad.

Addendum al primer post de esta serie: pondré fotografías de actrices a los veintitrés años y que sobre todo me gusten. Las fotos y ellas. 

El azar (o el infortunio) han querido que haya elegido a dos actrices (Ingrid Bergman comenzó esta serie del 23) que se fueron lejos de su tierra para hacerse más famosas que el resto. Luise Ranier, de la que, si no lo he dicho aún, me parecía una actriz y una mujer más guapa que muchas más, se murió a los 104 años, mucho más tarde que el resto de los demás. La película no la debido de ver ni Dios. Aunque por lo menos la vieron (cómo no) en territorio francófono o francés.

Valga como recuerdo-poster-postrer.

domingo, 28 de diciembre de 2014

23: Ingrid Bergman (I)

Screen test para Intermezzo, 1939, a punto de dejar los 23

Ingrid Bergman tenía veintitrés años y estaba terriblemente hermosa. En un Fotogramas, en un suplemento de televisión del Fotogramas anunciaban un ciclo de películas de Ingrid Bergman que ponían por televisión de la época de las películas de Ingrid Bergman en Suecia. Y había fotos de Ingrid Bergman a los diecinueve, veintiuno. Así hasta lo veinticinco. Los años, digo, de las películas de Ingrid Bergman en Suecia. Antes de que Ingrid Bergman se fuera a hacer películas con los americanos y después Casablanca. Antes de creer, como todos, que Ingrid Bergman había nacido en las películas de Hollywood. La cosa es que de todas las fotografías que había en ese Fotogramas, de todas las edades de Ingrid Bergman, conforme iba acercándome a esa edad (los cumplí dos años después del suplemento del Fotogramas) me iba tirando el año, ese número 23. Me quedé con Ingrid Bergman a los 23. Hoy ya me surgen dudas, porque he revisado las fotos y había que verla a los veinticuatro. O alguna de las de antes (oy de ahí el paréntesis, cuando ya no estaba en su tierra, sino con Rick). Pero el caso es que Ingrid Bergman a los veintitrés.

Excusa peregrina: se acaba el silencio de este blog. Hoy comienzo una serie de fotografías de actrices a los veintitrés.

martes, 12 de agosto de 2014

Waiting for you

DEP

John Belushi y tú erais unos granujas, lo recuerdas, unos auténticos dioses, lo erais todo y os creíais todo, fueron los días (y las noches) en que alguien (siempre hay alguien para estas cosas) decidió cuál tenía que ser la última moda, que iba a ser en verdad la última para muchos. Y llegaban las noches y tú y John Belushi os creíais los dioses, y aquellas noches no se acababan nunca, hasta que una noche se acabó la moda para John Belushi y tú decidiste que esa moda no iba a molarte más porque se te había llevado a tu granuja favorito. Y ahí estuviste desde entonces. Desde siempre. Hasta hoy. Hasta anoche.

Hoy más que probablemente, en estos momentos, estés dando con John Belushi (un par de gestiones, porque para esas cosas tú sí que te vales) y ya estás con John Belushi. Belushi te ha mirado con esa cara de buena bestia y tú has llorado, lo sé, como sueles hacerlo tú. Y Belushi te ha dicho que no quiere mariconadas. Pero que te echaba de menos. Y qué se hace por aquí, le preguntas. Yo, esperarte, joder, esperarte, te ha dicho tu granuja. For so many years…

Y te has quedado un poco así porque no sabes a ciencia cierta a qué se refiere con esa frase. Waiting for you. Y os habéis quedado así un poco serios. Y tú has roto el silencio y le has dicho imitando a Marlon Brando (On the Waterfront) “Pude haber tenido clase. Pude haber sido alguien, en lugar de un vago, que eso es lo que soy, aceptémoslo”. Y os habéis puesto al día. Y le has hablado de tus tres o cuatro barbas. Y de algunas películas.  Happy days, le dices. Que no te iba mal. Y aquí estoy. Y entonces ha habido otro silencio porque John Belushi será una buena bestia pero tonto, no.


Y tú no has podido decirle nada. Nunca habíais tenido que deciros para saber. Y casi a la vez os ha salido un juramento. Juráis en hebreo. Asentís. Y tú ahí probablemente le dices lo gilipollas que fuisteis todos esos años. Y que no sabe además cómo están las cosas por allí. Mucho iphone y cosas pero nada. Y le hablas de todas esas otras mierdas. Y de que el mundo (my soulmate dixit) se nos está yendo a la mierda. Y de que a ti se te habían quitado las ganas de sonreír. Y qué quieres que te diga, y tal. Entonces la buena bestia de Belushi y tú os fundís en negro. Y ya no os veo. Ni yo ni nadie. Que nos jodan.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Las piernas y el jazz

Para correr hay que tener buenas piernas, como Annie.

Yo soy más de coger la bicicleta. Si vas en bicicleta no puedes ponerte cascos. O auriculares. Si te los pones, te multan. Te paran y te multan. Yo no veo más que gente que va en bici (llamarles ciclistas es otra cosa) que va escuchando lo que escuchen montados encima de una bicicleta. La ventaja que tiene mi soulmate, que es de las que se han apuntado a la mal llamada moda del runner (cuántos empezarán, y cuántos como ella entienden ya lo que es salir a correr), es que si vas a correr te puedes poner lo que sea, cascos o auriculares, y escuchar lo que sea. Esta música o la de más allá. Como yo no puedo ponerme música porque practico más la bicicleta, lo máximo que puedo hacer es decirle a mi soulmate, que para eso me lo ha mandado, una lista de la música que le valga para ir a correr. Comentada. Música de las nuestras.

El orden podría ser éste. Lo inamovible sería comenzar con uno de estos dos: O comienzas con Herbie Hancock y su Watermelon Man o con Horace Silver y el Home Cookin'. Con eso las ganas de correr no sé si se incrementarán, pero los pies te marcharán, como diría el Cifu, con swing por arrobas. Yo creo, vamos. No te habrás dado cuenta y habrá pasado, cuánto, ¿más de un cuarto de hora? Venga otro piano y por qué no Erroll Garner. Honeysuckle Rose, por ejemplo, te dibujará la sonrisa de paso. Y de repente lo que viene ahora en ese ipod suena a Sarah Vaughan, suena a ese Scat Blues en directo que te hará soltar un poquito más de adrenalina. ¿Te miran envidioso algún runner de los avezados al que acabas de superar? Pues ahora series de cuatrocientos y no encuentro nada mejor que el Ko-Ko de Charlie Parker. Si te falta aire, piensa en lo que respira el pájaro en ese solo interminable. Y si encuentras un instante, recógelo para ti. Puede venir Chet Baker con el I Fall In Love Too Easily si te tomas el respiro ahora. Cualquier Chet Baker. ¿Hay Chet Bakers entre los runners? ¿Y Billies? Aquí hay una, bien jovencita, del año 34; Eleanora Fagan canta por primera vez casi delante de un micrófono y en la sala de control alucinan con el What A Little Moonlight Can Do. Lo tarareas y ahora sí que te observan. Te salen gallos pero a ti, la verdad, te trae sin cuidado. Esto se acerca a la felicidad, si no es ella misma. Porque vuelve Sarah y con su versión, esta versión en directo, del Sassy's Blues, te lamentas de que nadie en cien kilómetros a la redonda sepa quién es Sarah, qué estás escuchando y qué te provoca ese damn it! que te sale del alma. Y es cuando te dices que ya no quieres ser cantante per se, que quieres ser cantante de scat. ¿Queda mucho? Lo que te hayas propuesto para hoy se te hace más llevadero con gente como Stéphane Grappelli y como Django Reinhardt, en quienes piensas casi cogidos de la mano cuando escuchas su Sweet Georgia Brown. Y va quedando poco y es cuando te sale el último vocal de la sesión: el Twisted de Annie Ross que te hace recordar el comienzo en bucle de los créditos de Desmontando a Harry. Y como lo mejor te lo dejas siempre para el final y tú tienes más cojones que nadie te preparas para otra serie de cuatrocientos, la última. Te mentalizas con Duke y su C Jam Blues y para cuando se va acabando el tema, respiras hondo porque viene John Coltrane con, como no podía ser de otra manera, su Countdown. Y aprietas los dientes, estiras los pies, elevas rodillas y tú en ese momento eres un saxo tenor que cuenta lo que te queda para terminar. Por hoy.

Y luego llegas a casa y mientras miras el Runtastic te propones que mañana repetirás lo mismo. Pero igual te lo pones en modo aleatorio.